Cuando hablamos de la evolución de nuestras redes móviles, solemos centrarnos en lo positivo: descargar una película en segundos, jugar en la nube sin retardo o conectar miles de dispositivos a la vez. Sin embargo, el despliegue de las bandas más altas del 5G ha destapado un problema que ha dado lugar a diferentes estudios. Y no, no hablamos de ningún problema de salud. Más bien, de previsión.
Al parecer, la expansión de las redes 5G ha provocado un conflicto de interferencias puras que amenaza con «cegar» a los satélites que nos dicen si mañana va a llover o si se acerca una DANA peligrosa como las que han asolado nuestro país en los últimos años. Y en momentos donde la previsión es fundamental, algo así puede llegar a ser preocupante.
Para entender este lío, hay que entender como funcionan frecuencias de radio. El espectro radioeléctrico es como una autopista con carriles muy estrechos. Históricamente, cada servicio ha tenido su carril: la radio, la televisión, los radares militares y la telefonía. Pero con el 5G, la industria ha necesitado invadir carriles que antes estaban prácticamente vacíos, y ahí es donde está el problema.
La señal de los 23,8 GHz
La naturaleza es asombrosa, tanto que seguro que te quedarás con la boca abierta al descubrir como las moléculas de vapor de agua que flotan en nuestra atmósfera emiten de forma natural una señal de radio extremadamente débil en esta frecuencia exacta, los 23,8 GHz. No es algo que hayamos inventado nosotros, es física básica y que ha sido recogido en estudios como el publicado en Nature hace tiempo.
¿Y qué tiene que ver esto con el 5G? Pues resulta que los satélites meteorológicos que orbitan la Tierra, como el Meteosat que utiliza la AEMET, están equipados con unos sensores que recogen ese vapor de agua para dibujar un mapa de la humedad en la atmósfera. Gracias a esos datos, los superordenadores pueden predecir con una precisión asombrosa dónde se va a formar una tormenta o por dónde se va a mover un huracán.
El problema es que el carril que se ha asignado al 5G para las conexiones de ultra alta velocidad empieza justo en los 24 GHz, es decir, que están pegados. Y eso, para un satélite que está a cientos de kilómetros de altura, le hace bastante complicado intentar distinguir el susurro natural del vapor de agua del ruido masivo que genera una antena 5G.
¿Una pérdida de precisión preocupante?
La preocupación de los expertos no es una exageración. Organismos como el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio han advertido que, si las antenas 5G emiten con demasiada potencia y «ensucian» la frecuencia del vapor de agua, la calidad de las predicciones podría caer en picado. Algunos estudios técnicos sugieren que podríamos perder hasta el 30% de la exactitud en los pronósticos. Y si ya es difícil acertar bajo condiciones normales, imagina en este escenario.
Esto no significa simplemente que tu app del móvil se equivoque y te diga que hará sol cuando va a chispear. Significa que el tiempo de preaviso ante desastres naturales podría reducirse drásticamente. Si hoy somos capaces de avisar con tres días de antelación de una inundación grave, las interferencias del 5G podrían dejarnos con apenas 24 horas de margen.
