El otro día, callejeando por Sevilla con mi padre, me resultaba imposible pensar en cómo se movían tanto por la ciudad como a la hora de viajar por España cuando no existía ni Google Maps ni el GPS. Hoy en día es inconcebible no usar esta clase aplicaciones para desplazarse y muchos nos volveríamos incluso locos.
Sin embargo, las cosas cambian, así como nuestras costumbres. Lo que antes era un ejercicio de observación, hoy se ha convertido en algo tan simple como buscar el nombre del destino al que queremos ir y que nuestro móvil haga el resto. Resulta increíble pensar que nuestros padres se cruzaban el país sin este tipo de herramientas cuando ahora nos sentimos perdidos al buscar algo tan simple como ese restaurante con tan buena pinta que hemos visto por TikTok.
Cómo lo hacían nuestros padres sin el GPS del móvil
Viajar sin tecnología era un ejercicio de concentración y atención constante. Para llegar a un destino desconocido, la generación anterior dependía de aspectos tan básicos como la numeración de las salidas, los carteles de las autovías, los nombres de los pueblos, además de preguntar en gasolineras. Mientras que para moverse por sus ciudades era todo cuestión de mucho aprendizaje y del boca a boca.
Cuando surgía una duda, la solución era consultar un mapa físico o pedir indicaciones, puesto que no había otra opción. Esto obligaba a nuestros padres y abuelos a memorizar el lugar y el camino, realizando un mapa menatl propio. Esto les permitía llegar en otras ocasiones sin necesidad de ayuda.
La falta de autonomía de los jóvenes
La dependencia tecnológica de nuestra generación nos ha pasado factura. Hemos crecido de la mano de un smartphone que nos ayuda con prácticamente todo, incluido a desplazarnos tanto por nuestra ciudad como por todo el mundo gracias a servicios como Google Maps. Sin embargo, pese a las ventajas de disponer herramientas tan útiles, un estudio de la revista Scientific Reports confirma que el uso intensivo de aplicaciones de navegación está directamente relacionado con un declive en la memoria espacial del usuario.
El estudio, realizado durante 3 años, demostró que los usuarios que delegaban la navegación a su teléfono móvil mostraban serias dificultades para orientarse por sí mismos cuando se les retiraba el dispositivo. Al dejar de practicar la identificación de puntos de referencia y la memoria, surge una vulnerabilidad. Sin el apoyo del smartphone, el usuario pierde la confianza en su capacidad para guiarse y comprender el espacio, algo que para nuestros padres era lo más sencillo del mundo.
Dónde está el riesgo real
No obstante, a nivel personal pienso que ambas cosas son compatibles. Uno puede depender de Google Maps al inicio y quedarse mentalmente con algunos puntos de referencia para, en futuras ocasiones, no utilizar el navegador para llegar. El ejercicio de nuestros padres era el mismo, pero dependían de otros factores para memorizar los caminos.
El riesgo real aparece cuando delegamos todo el trabajo en las aplicaciones de navegación. Un estudio publicado en Nature Communications analizó la actividad cerebral de las personas mientras seguían instrucciones paso a paso de un GPS y los resultados revelaron que, en el momento en que el móvil indica exactamente dónde girar, las áreas del cerebro que deberían estar simulando rutas alternativas simplemente se desactivan por completo. En resumidas cuentas, tu cerebro entra en piloto automático.
La clave está en aprender a usar el GPS del móvil como un apoyo y no como un sustituto total de nuestras capacidades. Podemos aprovechar la tecnología para llegar antes a nuestro destino, pero sin dejar que nuestra memoria se oxide por completo.
