Perderse es parte del viaje. Y no, no es el eslogan promociona de FROM, la serie de HBO que acaba de finalizar su cuarta temporada, es una realidad que a veces nos cuesta asumir. Hubo un tiempo en el que perderse formaba parte del camino. Buscar un mapa de esos que parecían sábanas, preguntar a un ciudadano o, directamente, avanzar esperando llegar a tu destino, era la tónica habitual de millones de turistas. Hasta que llegó el GPS.
Mirar calles, memorizar lugares, equivocarse y corregir el rumbo formaba parte del proceso natural de orientarse. Hoy, sacamos el móvil, abrimos Google Maps y seguimos una línea azul sin pensar demasiado. Es cómodo, rápido y eficaz. Pero también tiene está afectando a nuestro cerebro, haciéndolo menos inteligente, es decir, ‘idiotizándolo‘.
Y no lo digo yo, sino que es la conclusión de un estudio publicado Nature, el cual desvela cómo el uso habitual del GPS afecta a nuestra memoria espacial. La conclusión es clara: cuanto más dependemos de él, peor recordamos rutas, referencias y espacios cuando tenemos que movernos por nuestra cuenta.
¿Dejo de usar el GPS?
El problema no está en usar GPS puntualmente. El error es convertirlo en convertirlo en un hábito. Según la investigación, las personas que usan GPS con frecuencia desarrollan menos lo que se conoce como “mapa cognitivo”, que es básicamente la representación mental que hacemos de un lugar. Es lo que te permite saber volver a casa aunque no recuerdes cada calle exacta.
Vamos, que si cada vez que vas a un sitio nuevo solo obedeces órdenes del móvil tu cerebro deja de hacer el trabajo importante: observar, relacionar y memorizar. Si te dan el trabajo hecho, ¿para qué pensar?
Los investigadores descubrieron que los usuarios que más usan el GPS recordaban menos puntos de referencia, eran peores dibujando mentalmente un recorrido y tenían más dificultades para orientarse sin ayuda. En otras palabras: sabían llegar mientras el GPS estaba encendido, pero no aprendían realmente el camino.
Desde el punto de vista neurológico, esto sí es un problema. La memoria espacial depende en gran parte del hipocampo, una zona del cerebro clave también para la memoria en general. Cuando delegamos constantemente la navegación en el móvil, reducimos esa actividad. Como sucede con cualquier músculo, si no lo usas, pierde capacidad.
Lo vemos todos los días. Gente que lleva años viviendo en una ciudad y sigue necesitando el móvil para llegar a sitios donde ya ha estado varias veces. O conductores que, sin señal, literalmente no saben qué hacer. Lo preocupante no es solo olvidar caminos. Es que esta dependencia afecta a cómo prestamos atención al entorno. Cuando seguimos instrucciones automáticas dejamos de fijarnos en edificios, plazas, cruces o elementos visuales que antes servían como anclas mentales.
Pero eso no significa que debas dejar de usarlo. Sería absurdo pues es una se las herramientas más útiles de la era moderna para ahorrar tiempo, evitar tráfico y encontrar lugares desconocidos. Simplemente, conviene usarlo con algo más de cabeza, nunca mejor dicho. Cuando ya conoces un camino, lo mejor es apagarlo e intentar memorizar rutas, buscar referencias visuales e incluso equivocarse.
Solo así aprende el cerebro.
