Donald Trump ha dado un giro radical en la política tecnológica estadounidense con una nueva orden ejecutiva que podría cambiar por completo cómo se diseñan y usan los modelos de inteligencia artificial con los que trabajan marcas como Apple, Google, Samsung, Xiaomi y, en definitiva, casi cualquier firma de tecnología moderna.
La nueva orden prohíbe que el gobierno federal utilice tecnologías de IA que no sean «ideológicamente neutrales» o que estén impregnadas de lo que Trump llama “conciencia progresista” (o woke). Según el expresidente, herramientas que integran ideas como diversidad, equidad e inclusión, o que abordan temas como racismo sistémico o identidad de género, distorsionan la verdad y deben ser excluidas de los contratos gubernamentales. Vamos, que más que un pensamiento neutro, se busca un pensamiento acorde a los razonamientos de Trump.
Esta decisión llega en un momento en que China está avanzando rápidamente con sus propios modelos de IA, como los de DeepSeek y Alibaba, que evitan responder preguntas sensibles sobre el Partido Comunista. Ante estas nuevas herramientas inteligentes, funcionarios estadounidenses han advertido que estos sistemas reflejan la ideología del gobierno chino, y no interactúan con el usuario de una forma neutral. Como es natural, para muchos norteamericanos, esto representa una amenaza, y empresas como OpenAI han usado ese argumento para acelerar el desarrollo de sus propias herramientas, sin muchas regulaciones.
Manipulando la IA
Sin embargo, la respuesta de Trump va en otra dirección: usar el poder del Estado para moldear qué tipo de IA puede financiarse y usarse en el gobierno. Según su nueva estrategia nacional, la cual puede leerse en este enlace, llamada “Plan de Acción de IA”, las prioridades no estarán en los riesgos sociales o éticos, sino en la infraestructura tecnológica, la seguridad nacional y la competencia con China.
Esto podría tener un impacto paralizante en el sector. Muchas empresas dependen de contratos federales para sobrevivir, y esta orden podría empujarlas a modificar sus sistemas para alinearse con la retórica de la Casa Blanca. De hecho, ya se están firmando acuerdos millonarios entre el Departamento de Defensa y empresas como OpenAI, Google, Anthropic o xAI (la compañía de Elon Musk).
Paradójicamente, xAI podría ser la más alineada con esta política. Su chatbot Grok ha sido promocionado como “anti-woke” y “buscador de la verdad”, aunque ha generado controversia por emitir comentarios racistas y antisemitas. La contradicción es evidente: si el gobierno prohíbe la IA con sesgo ideológico, ¿qué pasa con Grok, que muestra un claro sesgo pero en la dirección opuesta? Lo de siempre, ‘Si piensa cómo yo, es bienvenido’.
Expertos como Rumman Chowdhury y el profesor Philip Seargeant, en declaraciones a TechCrunch, advierten que la orden parte de una premisa errónea: la posibilidad de que una IA sea verdaderamente neutral. El lenguaje, dicen, nunca es completamente objetivo y en un mundo donde hasta los hechos más simples pueden ser politizados, definir la «verdad» o la «imparcialidad» es altamente problemático.
Además, el temor es que las empresas, para no perder contratos, empiecen a alterar sus datos de entrenamiento según las prioridades ideológicas del momento, lo que plantea dudas preocupantes sobre quién decide qué es verdad.
