Todos conocemos ese microinfarto cuando sales de casa y no llevas el móvil encima. Esa sensación es la respuesta más sencilla al título de este artículo, pero indaguemos más en la cuestión.
A menudo, romntizamos la idea de la desconexión. Imaginamos un mundo sin notificaciones ni distracciones, donde nadie hace esperar a los demás para comer porque quiere hacer una foto a los platos para Instagram. Suena idílico, pero si, mañana, todos los smartphones del planeta dejaran de funcionar, viviríamos el caos.
No es un teléfono, es nuestro día a día
El problema es que hace mucho tiempo que dejamos de usar el móvil para llamar. Si solo perdiéramos la capacidad de comunicarnos, sobreviviríamos. Pero el smartphone se ha convertido en una parte más de nosotros mismo, en una extensión de nuestra vida digital. Es nuestro banco, nuestro mapa, nuestra consola y nuestra identidad digital.
Piénsalo, ¿sabrías llegar a otra ciudad o volver a casa desde el pueblo de tu amigo sin Google Maps? ¿Recuerdas el número de teléfono de tus padres? ¿Cómo pagarías tus pedidos de Amazon? Son preguntas que no sabríamos responder porque tendríamos que acostumbrarnos de nuevo a vivir sin la tecnología como nuestro principal aliado. Sin el móvil, nuestras capacidades disminuyen considerablemente. Y no es nada malo; es solo que llevamos dependiendo de ellos varios años, así que resulta lógico que el choque de realidad sea tan bruto.
El terror al aburrimiento
Pero, más allá de la logística, está el factor psicológico. El móvil es la principal forma de eliminar el aburrimiento y pasar unas horas sin él ya supone un martirio para muchos usuarios. Hemos llenado cada tiempo muerto con todo tipo de aplicaciones y, ahora, no sabríamos vivir sin ellas.
En un mundo sin móviles, tendríamos que enfrentarnos a nuestros propios pensamientos en silencio o quedar con alguien para no volvernos locos. Esas noches antes de dormir mirando Instagram, se convertirían en miradas al techo hasta coger el sueño o se acabaría sustituyendo por momentos de lectura o relajación. Esa soledad que hoy evitamos con auriculares, TikTok y un scroll infinito, sería imposible de evitar. Nos atacaría una ansiedad enorme por tantos cambios en nuestra vida, pero, sobre todo, por aburrimiento.
La inevitable conclusión
A largo plazo, la especie humana acabaría adaptándose, pero nuestra vida cambiaría por completo. Volveríamos a las agendas de papel, a quedar a una hora y lugar exactos sin posibilidad de enviar un WhatsApp de llego 5 minutos tarde, y a discutir en los bares sin poder consultar Internet para ver quién tiene razón al instante.
Pero la transición sería complicada, ya que no somos adictos al dispositivo en sí, somos dependientes de la inmediatez y las posibilidades que ofrece. Un mundo sin móviles sería, indudablemente, más tranquilo y probablemente más humano. Pero, hoy por hoy, para una sociedad que entra en pánico cuando se cae WhatsApp dos horas o cuando la app de Renfe da error un día, un mundo sin móviles no es una posibilidad real, sino una pesadilla de la que no sabríamos despertar.
