Llevamos más de un año bombardeados por anuncios que nos aseguran que el teléfono móvil ya no es solo un teléfono, sino un asistente inteligente capaz de pensarlo todo por nosotros. Pero, ¿está la IA hecha para el usuario como tú y como yo?
Conscientes de que hemos llegado a un punto en el que el hardware ya no da mucho más de sí, las grandes marcas han volcado sus estrategias en el software y, concretamente, en todas las funciones inteligentes con las que los fabricantes tratan de llamar la atención.
Por eso, desde principios de año he tratado de usar cada herramienta de la suite de IA de mi móvil, un Samsung, ya que Galaxy AI es, sin duda, la mejor suite inteligente que puede ayudarte en el día a día. Y la verdad es que el salto tecnológico es indudable, pero la utilidad real es una historia muy diferente.
El borrador de fotos me ha cambiado la vida
La propuesta de valor de Samsung con su ecosistema de inteligencia artificial es, sobre el papel, la más robusta del mercado actual.
Tiene una gran cantidad de funciones, está perfectamente integrada en la capa de personalización, los accesos son intuitivos y la velocidad de procesamiento sorprende, sobre todo frente a lo que consiguen otras marcas como Apple.
Sin embargo, la brecha entre lo que nos venden en las presentaciones y el uso que un usuario real hace en su jornada laboral o en su tiempo de ocio es gigantesca.
En mi caso, he probado de todo, pero más por curiosidad que por usabilidad. Pero sí hay algo que he explotado al máximo es el borrador de objetos con inteligencia artificial generativa.
Esta función sí soluciona un problema real y recurrente, ya que todos tenemos fotografías arruinadas por una persona al fondo, una señal de tráfico mal colocada o un objeto que rompe la estética de un paisaje. Y si tienes un niño de 3 años que no deja de moverse, es cuando esta función adquiere todo el sentido del mundo.
Entrar en la galería, rodear el elemento molesto con el dedo y ver cómo el sistema lo hace desaparecer rellenando el fondo de forma coherente es una delicia tecnológica. Es rápido, es útil y mejora en pocos segundos la experiencia fotográfica.
Es la única función que he usado de manera natural, sin forzarme a mí mismo a abrirla.
Mucha IA, muy buena, pero poco útil (para mi)
El problema llega cuando analizamos el resto del paquete de funciones, esas que ocupan minutos de anuncios en televisión.
La traducción de llamadas en tiempo real promete derribar las barreras idiomáticas en los viajes de negocios o de placer. En la práctica, la latencia y la rigidez de las voces están lejos de ser perfectas. Pero, más allá de su funcionamiento, la realidad es que pocos la van a utilizar en su día a día… a menos que estén continuamente de viaje por el extranjero.
El traductor nativo de texto sufre un destino similar. No es que funcione mal, es que cuando un lector habitual necesita traducir un fragmento de una página web o un correo electrónico, el cerebro recurre de forma automática al buscador tradicional o a las herramientas que lleva usando una década. La integración en el teclado propio está bien resuelta, pero no aporta una ventaja competitiva tan disruptiva como para cambiar los hábitos arraigados del consumidor.
La función de resumen de notas y transcripción de voz era otra de las grandes promesas para la productividad. La realidad es que los resúmenes suelen perder los matices importantes del texto original, entregando listas de puntos clave demasiado genéricas.
Para un uso profesional, donde el detalle es crucial, no puedes fiarte de un resumen automatizado sin revisar el documento entero, lo que anula el ahorro de tiempo prometido.
Y así podrías seguir durante horas hablando de herramientas muy inteligentes, sí, pero demasiado específicas.
No es por ti, es por mi
Es justo señalar que este desencanto no es culpa exclusiva del desarrollo de software, sino que depende del tipo de público.
Un periodista que transcriba entrevistas a diario, un directivo que viaje varias veces al mes, o un estudiante que organice apuntes masivos encontrarán una utilidad valiosa en estas funciones.
Pero el usuario medio, el consumidor que va a trabajar 8 horas, conduce otras dos, está con sus hijos por la tarde, hace algo de ejercicio y se sienta a ver la TV por la noche, no va a usar ni la mitad de las opciones que se integran en estas suites de IA.
Al final alguien como tu amigo y vecino busca un terminal solvente para comunicarse, consumir multimedia y hacer buenas fotos, dejando a la inteligencia artificial actual como un extra al que recurrir muy de vez en cuando.
Es cierto que nos atrae la novedad, probamos las funciones durante el primer fin de semana para enseñárselas a los amigos, pero, al final, la rutina del día a día simplifica el uso del terminal.
