Maldito sea el día en que HTC, LG o Alcatel (curiosamente, marcas hoy extintas en el mercado de la telefonía móvil) democratizaron los múltiples sensores en las cámaras de nuestros dispositivos. Y es que esto, paradójicamente ha provocado que la cámara de la mayoría de móviles modernos, sea peor.
Durante años se ha repetido que la cámara móvil ha evolucionado gracias a la multiplicación de sensores, pero la realidad histórica es bastante diferente. La verdad es, de hecho, que esta tendencia no siempre ha ido de la mano de una mejora real en calidad fotográfica.
Breve historia de las cámaras duales
En 2014 HTC sorprendió al mundo con el HTC One (M8), un dispositivo incorporaba un segundo sensor destinado a medir profundidad y habilitar efectos como el reenfoque posterior o el desenfoque selectivo. No era el primer móvil con doble cámara en términos absolutos, pero sí uno de los primeros en popularizar esta arquitectura en un flagship global.
HTC, con el One M7, había apostado por el concepto UltraPixel, priorizando el tamaño del píxel frente a la resolución, una decisión que generó debate pero que anticipaba el giro hacia sensores más inteligentes y menos dependientes del megapíxel puro. Sin embargo, el M8 fue el que realmente introdujo el concepto de doble cámara con fines prácticos de profundidad, aunque con limitaciones claras en el sensor principal de apenas 4 MP.
Poco después, LG dio un paso más con el LG G5 en 2016, ya en plena transición del mercado hacia configuraciones múltiples. Este modelo incorporaba una cámara secundaria gran angular, abriendo la puerta a un uso más creativo, pero también empezando a consolidar una tendencia que se repetiría en toda la industria: sensores secundarios más débiles como complemento de marketing más que como herramienta realmente potente.
En paralelo, fabricantes como Alcatel también exploraron configuraciones duales en gamas más accesibles, como el Alcatel Flash, que apostaba por dos sensores traseros en un intento de acercar funciones avanzadas a dispositivos de menor precio. Pero, el punto de inflexión llegó con Apple en 2016 y el iPhone 7 Plus, que convierte la doble cámara en un estándar de la industria.
Pronto Huawei, Samsung, LG y prácticamente todos los fabricantes incorporarían múltiples sensores en sus gamas altas.
Más cantidad no significa mejor calidad
El problema es que esta expansión no siempre ha ido acompañada de sensores de calidad equivalente.
Hoy es habitual encontrar móviles con tres o cuatro cámaras traseras, donde el sensor principal es el único realmente capaz de ofrecer un rendimiento sólido en casi cualquier situación. El resto, especialmente los macro de baja resolución o los ultra gran angular con sensores diminutos, terminan funcionando más como complemento que como herramientas fotográficas reales.
En la práctica, muchos usuarios acaban utilizando siempre la cámara principal, mientras el resto queda relegado a usos puntuales o directamente olvidados. Es más, integrar múltiples sensores no solo ocupa espacio físico en el módulo de cámara, también condiciona el diseño interno del terminal, la gestión térmica y, en algunos casos, el presupuesto que podría haberse destinado a mejorar el sensor principal o su estabilización óptica.
Es decir, en lugar de apostar por una cámara realmente sobresaliente, se opta por una solución dividida que cumple en especificaciones, que llama más la atención al usuario, pero que no siempre ofrece los mejores resultados.
