Llevo tres o cuatro semanas usando el Google Pixel 10a como mi teléfono principal. Quienes seguimos de cerca la evolución de la telefonía móvil sabemos perfectamente qué esperar de la serie A de Google: una experiencia de Android totalmente limpia, la promesa de años de actualizaciones directas y un apartado fotográfico que mira de tú a tú a dispositivos que duplican su precio en el mercado. Pero no todo es perfecto, por desgracia.
Tras exprimirlo a fondo durante mis salidas a hacer ejercicio, comidas familiares y ratos de ocio en casa, tengo claro que este terminal me ha ganado por completo en dos apartados clave, pero arrastra un defecto del pasado que, por momentos, me hace odiarlo profundamente, ya que me ha fastidiado un par de tardes.
Es un gran smartphone con Android puro para hacer fotos
Empezando por lo positivo, el primer gran acierto es, sin duda, la fotografía computacional. Google ha vuelto a demostrar que el software importa más que los megapíxeles con este móvil, siendo uno de los mejores terminales para hacer fotos si no quieres gastar mucho dinero.
No importa si la escena tiene un contraste imposible a pleno sol o si estás cenando en un restaurante con luz muy baja, ya que el procesado del Pixel 10a levanta las sombras y gestiona el balance de blancos con una naturalidad pasmosa. No necesitas saber de fotografía ni pelearte con modos profesionales, solo hay que sacar el teléfono del bolsillo, disparar y dejar que el Pixel 10a de Google haga el trabajo por ti.
El segundo detalle que me ha conquistado es su ergonomía y la limpieza de su software. En un mercado saturado de teléfonos gigantescos que rozan las siete pulgadas y pesan demasiado en el bolsillo, el tamaño compacto de la pantalla (6,3 pulgadas) de este Pixel es una bendición para el uso diario a una sola mano.
Además, la fluidez de su interfaz, completamente libre de capas pesadas o aplicaciones basura preinstaladas, hace que la experiencia de usuario sea impecable. Y eso sin olvidarnos de unas funciones de inteligencia artificial que realmente aportan valor en el día a día.
Una carga del pasado
Sin embargo, no todo es perfecto. Y no , no voy a criticar su potencia como si puede hacerse con los Pixel 10, ya que aquellos son los topes de gama de la firma y este un gama media. No, el motivo de mi frustración es que Google sigue anclada en el pasado en un aspecto crítico: la velocidad de carga rápida.
Es incomprensible que, con los avances actuales, este terminal requiera casi dos horas para completar un ciclo de carga. Es más, conseguir un 10% te va a ser imposible si vas con prisa.
Tener que salir de casa de repente, darte cuenta de que te queda poca batería y comprobar cómo el teléfono apenas araña un porcentaje ridículo tras quince minutos enchufado es una experiencia desesperante. No es que pida una potencia desmedida que degrade la salud de la celda a los pocos meses, pero sí una velocidad mínima que esté acorde a los tiempos que corren.
Móviles que cuestan la mitad ofrecen el doble o el triple de potencia de carga, haciendo que esta lentitud me obligue a rechazar un producto que, de no ser por este lastre, rozaría la perfección absoluta en su categoría.
