¿Conoces a alguien que no use WhatsApp? La app de Meta se ha convertido en la principal forma de comunicación actual y, dentro de todo lo que ofrece, los audios o notas de voz, parecen una de las formas más cómodas de hablar con alguien sin necesidad de escribir. Pero todo tiene su lado oscuro.
El concepto es sencillo. Pulsas un botón, cuentas lo que quieres decir y listo. Lo que pasa es que sí, es muy cómodo, pero los audios de la app de mensajería tienen una cara menos conocida que puede afectarnos en mayor o menor medida.
Según la psicóloga clínica Silvia Igualador, los mensajes de voz pueden llegar a provocar o intensificar conflictos, al mismo tiempo que generan ansiedad en según qué determinado tipo de usuarios. Y es que cuando entran en juego las interpretaciones, la necesidad de responder y otras muchas variables, la cosa cambia.
Y es rotundamente cierto. Sin ir más lejos, ayer mismo discutí con mi mujer al mandar un audio porque no se interpretó bien lo que decía. Bueno eso, el fin de las vacaciones y la vuelta al cole seguro que ha tenido mucho que ver.
Los audios de WhatsApp no son iguales para todos
El problema está, según la profesional, en que un audio transmite mucho más que las palabras. La voz incorpora pausas, silencios, velocidad, cansancio y tono emocional. Todo eso puede hacer que el receptor interprete que existe enfado, distancia, rechazo o incomodidad aunque la persona que ha enviado el mensaje no pretendiera transmitir nada de eso.
Y WhatsApp añade otra dificultad extra, ya que no estamos manteniendo una conversación en tiempo real. Una persona puede enviar un audio mientras está tranquila y la otra escucharlo horas después, después de un día complicado o con un estado de ánimo completamente diferente. El mismo mensaje puede percibirse entonces de una manera muy distinta.
Esto explica por qué determinadas discusiones empiezan con algo aparentemente insignificante. Un audio más corto de lo habitual, una respuesta que parece seca o una pausa antes de continuar hablando pueden convertirse en pistas que la mente intenta interpretar.
Presión para quien manda, y quien recibe
Los audios también pueden generar presión en quien los recibe. No todo el mundo puede o quiere escuchar un mensaje de varios minutos en cualquier momento. A diferencia de un texto, que podemos leer rápidamente o consultar de un vistazo, un audio exige dedicarle tiempo y atención.
Si además llegan varios seguidos, pueden convertirse en una auténtica pesadilla que acaba en el cansancio provocado por la hiperconexión. El móvil nos mantiene permanentemente disponibles y, en ocasiones, parece que también tenemos que estar permanentemente preparados para escuchar, contestar y atender las emociones de otras personas.
Uno de los principales culpables de esta sensación son los grupos. Un contacto individual, si no es muy hablador, puede mandarte uno, dos o tres audios seguidos, pero en un chat grupal, con varios usuarios, unos minutos sin ver el móvil pueden significar encontrarte con decenas de audios pendientes de escuchar. Y ahí, es normal saturarse.
Para quien los recibe, según Silvia Igualador, eso puede requerir mucha energía. No solo tiene que escuchar lo que le están contando, sino saber lo que siente o piensa que siente la otra persona para saber cómo responder.
Pero, como decimos, el problema no está exclusivamente en quien recibe la nota de voz, sino en quien envía el audio. Algunas personas necesitan explicar todo con enorme detalle porque tienen miedo de ser malinterpretadas. Otras comprueban constantemente si el mensaje ha sido escuchado y esperan una respuesta inmediata para quedarse tranquilas.
Por supuesto, todos estos conflictos pueden intensificarse especialmente cuando un audio se utiliza en plena discusión. Hablar permite reaccionar inmediatamente ante la otra persona, aclarar un malentendido y modificar lo que estamos diciendo al comprobar cómo está siendo recibido.
Un mensaje de voz, en cambio, queda grabado y puede escucharse varias veces. Eso puede favorecer que cada frase sea analizada una y otra vez y alimentar todavía más la discusión.
Por eso los audios no son malos ni existe una razón para dejar de utilizarlos. La cuestión está en cómo los utilizamos. Si sentimos ansiedad cuando alguien no responde, necesitamos escuchar varias veces un mensaje para encontrarle un significado o nos cuesta poner límites ante audios interminables, quizá el problema no esté realmente en WhatsApp, sino en nosotros mismos.
